Cortázar: El jazz de la duda

Cortázar: El jazz de la duda

Cortázar no escribe, habla. Su literatura se devela como una continua irrigación de palabras que casi siempre son enigmas sin respuestas o pensamientos entrecortados.

Porque así piensa el hombre, porque Cortázar es un hombre. Un hombre sabio.

Paradójicamente, aquellos que reconocemos como los mayores sabios y genios de nuestra historia distan mucho de ser personas que realmente sepan algo que nosotros no. Por el contrario, son grandes ignorantes cuya virtud es saber hacerse preguntas que nadie más se ha hecho. Y claro, son obsesivos. Tan así que son capaces de transformar la duda en parte de su existencia: Una misión de vida. Algo que perseguir.

Porque indagar en el enigma de las cosas permite abrir nuevas puertas, que no son sino nuevas dudas que parecen respuestas pero que, en lo concreto, no son más que débiles luces de lo intangible, lo inexplicable.

Incluso antes que el hombre trasladara su pensamiento a escritura que, semiosis mediante, significó algo para sus cercanos, la duda lo motivó a la búsqueda: El camino interminable hacia el saber.

Quizás el lei motiv de la evolución se halle en la esperanza de llegar a saber y en la certeza de que nada sabemos en realidad más que apilar de manera más o menos racional (para nosotros) líneas y líneas de especulación y convenios que asimilamos como conocimiento, aunque en realidad son solo percepciones fragmentadas cómodamente para nuestro entendimiento.

Ni la ciencia más exacta puede esquivar las concesiones, convenios y la lógica humana: Son en cuanto el hombre puede asirlas bajo el esquema de pensamiento común o parámetros desarrollados a partir de reglas muy limitadas sin las cuales nada vale.

Como Charlie Parker que finalmente no hacía sino perseguir el propio fin de su tiempo a través de su música. Que de tan lleno de dudas se creía vacío, pero estaba lleno. Cortázar lo sabía bien, de ahí su admiración tanto por él como por su música: Su transparente duda.

Pues no hay nada más admirable que alguien se auto defina como un ignorante, pequeño y simplemente virtuoso con sinceridad sobrecogedora. Mas, al hablarnos de sus enajenaciones, evidencia que cualquiera de sus dudas, hasta la más insignificante de aquellas, es más grande, compleja y profunda que cualquiera de las nuestras. Y que por lo mismo, las creamos banales.

Puede que allí radique la belleza del arte: Que a pesar de ser dificultoso, amargo e infinito, sigue siendo humano. Por más alto que pueda elevar nuestros espíritus; es obra nuestra. Podemos atribuirle orígenes divinos pero lo concreto es que está aquí, queda aquí.

Es una duda más de las que van apareciendo en esta persecución desaforada del tiempo que lo devora todo, pero que intentamos engañar perpetuando nuestras huellas en lo material de nuestras convenciones transportadas de generación en generación y que denominamos conocimiento: Testamentos en material imperecedero a la magnitud humana.

El conocimiento entonces adquiere su valoración en cuanto su utilidad, pero no deja de ser sino más que una convención. Es una manera racional en la que tratamos de validar nuestros intereses en un entorno hostil de hecho incontrolables e imprevisibles como la naturaleza o el olvido. Lo absurdo, es que en la práctica cualquier duda es válida y, al fin y al cabo, existe un momento en que una duda nos aborda a todos por igual. Algunos la esquivan. Otros, la enfrentan solo al final de sus días.

Aparece entonces la paradoja del tiempo, que siempre pareciera tener fin, pasa frente a nuestros ojos y se acaba. Pero tampoco lo hace, pues existe tanto como podemos creerlo nosotros como es en si, algo que está allí. Si nosotros no estamos, el tiempo sigue ocurriendo: No podemos asirlo ni detenerlo sino más que en la ilusión del control y la programación del mismo lo que a la larga, no son sino la más fehaciente muestra de nuestra vulnerable e incompetente concepción de las cosas.

Eso es lo que aprecio de Cortázar: Que duda.

Sabe que no sabe, como Sócrates. Tiene perfectamente claro que, finalmente, cualquier explicación no vale más que la propia duda. Que la vida en si puede valer tanto o menos en cuanta significancia tenga para nosotros y al mismo tiempo para los demás y que en resumen, lo que queda de nosotros es el registro de nuestra búsqueda infinita, las pistas de nuestro trabajo que son pequeños reflejos de lo en realidad somos: Perseguidores.

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