Rugendas trepa por Chile

Rugendas y Chile Felipe Iglesias S.Llama la atención que entre tanta irrelevante y desesperada muestra de arte contemporáneo, emerja entre los salones del Museo Nacional de Bellas Artes la exposición “Rugendas y Chile”, muestra conformada por obras del propio museo, de Alemania y del Histórico Nacional y que recorre alrededor de 120 obras del alemán que, más que una retrospectiva, dan vida a un completo y didáctico relato visual y biográfico del artista.

En una primera parte, se muestran las obras de sus antepasados, dejando entrever la tradición artística de la familia Rugendas y la relevancia de estos en el ámbito artístico teutón del esa época, dando luces solapadas del gran reto que implicará para Johann consagrarse en Europa.

Luego se explica su vocación aventurera con su viaje a Brasil a tan solo 19 años y a Italia donde se promete regresar a América y “mostrársela completa” a Europa.

Al volver, visita Haití, México, Perú, Argentina , Uruguay y por supuesto, Chile, lugar donde reside nada menos que 8 años, principalmente motivado por un fracasado idilio de 4 años en valparaíso con una niña a la cual doblaba en edad y que, obviamente, le fue imposible acceder objeción familiar mediante.

Al volver a Europa todo se complica, y finalmente termina muriendo pobre a los 56 años.

Si hay un valor que destacar a la muestra el intimismo, la transparencia con que privilegia el entendimiento del artista más allá que la mera contemplación pictórica, sino que conjuga el proceso visual con los cambios del propio artista hasta su muerte, destacando fuertemente su personalidad y visión, estilo pocas veces aplicado en exposiciones, mas frecuente en libros dedicados.

Semióticamente, podríamos decir que sin lugar a dudas, “Rugendas y Chile” es una muetra profundamente metalingüítica, pensada para contemplarse a la velocidad del siglo XIX, que exhala un espíritu panteísta y romanticista que no intenta dar juicios sino poner en evidencia lo existente a modo de recordatorio preciso y honesto.

Tanto asi, que el epílogo nos muestra fotográficamente a Rugendas, como presagio inefable de la obsolescencia a que el propio artista se somete por voluntad propia, fiel a la representación más exacta y precisa de la realidad.

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